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viernes, 24 de diciembre de 2010

Leyendas ocultas

Cuando estuve en Brown hace algunos años, tuve la oportunidad de estudiar algunos manuscritos, cartas y demás originales de Lovecraft. Entre ellos, había un texto que, por razones que pronto comprenderéis, no ha salido a la luz. Se trata de una carta de Lovecraft escrita a Lord Dunsay en la que hablaba de quién era realmente Abdul Alhazred.

Se ha aceptado comúnmente que el nombre de Abdul Alhazred fue una invención del Lovecraft niño, influenciado por su lectura de Las Mil y Una Noches, pero la versión que el propio HPL relata difiere bastante de la oficial.

Cuenta Lovecraft que descubrió, en 1912, un papiro manuscrito tremendamente antiguo en los depósitos de Brown. Dicho manuscrito narraba, en árabe, la historia acontecida hace unos 2000 años en Oriente Medio. Cuenta la tradición que nació un niño destinado a hacer cosas grandes en su vida, y cuatro ricos científicos de la época quisieron ir a rendir honores al bebé.

El primero de ellos, Melchor, dominaba las artes de los cielos. Sabía guiarse por las estrellas, predecir el tiempo según la posición de los astros, interpretar los signos que nos mandaban las constelaciones.

Gaspar era un galeno conocido en todo Oriente. Sus estudios de anatomía y cirujía se perderían unos siglos después en el incendio que asoló la biblioteca de Alejandría, aunque dicen las malas lenguas que gran parte de las artes que aplicaría Averroes 1000 años después se deben a algunos tomos de Gaspar que se salvaron de la quema.

Balthasar, por su parte, era un enamorado de los animales y las plantas. Se cree que pudo practicar algún tipo de religión animista, y su comunión con la fauna y la flora era tal que le permitía sobrevivir de lo que encontraba en sus numerosas expediciones en solitario a lo largo y ancho del mundo conocido, en las que catalogaba todas las criaturas y plantas que encontraba.

Abdul, el cuarto sabio que partió en la comitiva, era el más tenebroso del grupo. Era un erudito enamorado de la literatura, poeta y compositor de bellas piezas líricas que eran conocidas en los mejores salones de oriente y occidente. Pero Abdul, al parecer, tenía una faceta oculta, pues practicaba artes oscuras, y se creía que poseía el poder de invocar a los gules de Arabia.

Así pues, guiados por las interpretaciones celestiales de Melchor, bajo la protección vital de Gaspar, con un auténtico superviviente como Balthasar y con Abdul como el compañero que aliviaría las largas jornadas de viaje con sus historias, partieron en busca del recién nacido.

Melchor decidió llevar como presente un bonito cofre lleno de monedas de oro, símbolo de las estrellas que nos vigilan día y noche. Gaspar, por su parte, portaba incienso, pues se le atribuían sensacionales virtudes curativas de los males del alma. Balthasar llevaba una bonita bolsa de terciopelo llena de mirra, muy valiosa, que pudo ir recogiendo durante el trayecto. Abdul, por su parte, llevaba un pesado volumen encuadernado en piel, titulado Necronomicon, con el que pretendía permitir al elegido iniciar sus andanzas en las artes mágicas.

Mediado el viaje, algo terrible ocurrió. Al parecer, mientras los cuatro sabios cruzaban el desierto de Arabia, al atardecer, cuando el viaje era más llevadero, Abdul cayó arrancado de su montura. Los otros tres se detuvieron y se bajaron a socorrerlo, pero lo único que pudieron hacer fue contemplar aterrados cómo unas garras invisibles ajaban su piel y su alma. El cuerpo del sabio se elevaba incomprensiblemente en el aire, desgarrándose las telas y la carne, mientras los gritos de Abdul se perdían, junto con su espíritu, en el infinito de arena.

Cuando por fin cayó al suelo, completamente destrozado, poco pudo Gaspar hacer por él, salvo cerrarle los párpados y ocultar la mirada de terror con la que había fallecido. Entre los tres, enterraron a Abdul y todas sus pertenencias, incluido el libro, en el desierto. Terminaron el viaje sin ningún contratiempo más, y decidieron olvidar, por el bien de su propia salud mental, todo lo que habían visto.

Felices fiestas desde los Sueños en la casa de la bruja.

J.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Lo que se cuenta sobre Lovecraft

Lovecraft murió en el 37, a los 47 años, sin llegar a ser reconocido en ningún momento como un escritor notable en el mundo de las letras. Aunque pueda pensarse lo contrario, sí que se escribieron relativamente bastantes cosas sobre él mientras vivía y al poco de su muerte. El principal problema es que la mayoría de los textos sobre la vida y obra del de Providence aparecían en revistas amateur, pulp fictions y similares, e iban firmadas por amigos, vecinos, conocidos del escritor. La mayoría de estas memoralias son, a lo sumo, entrañables, pero tienen poco o nada que rumiar sobre la obra literaria del autor, ya que al menos todo lo que el que firma estas líneas ha conseguido leer no dejan de ser retratos amables y agradecidos al caballero de Rhode Island.

A la muerte de Lovecraft llegó el silencio. Tras algunas tímidas apariciones en Weird Tales y la edición de Rhode Island on Lovecraft a cargo de Grant (volumen que incluye cinco textos de cinco conocidos del escritor), apareció en el 45 H.P.L.: A Memoir, un estudio crítico-biográfico a cargo del polémico albacea literario de Lovecraft, August Derleth.

A estas tempranas reacciones siguieron un par de décadas de olvido casi absoluto -salvo las esporádicas apariciones de firmas amigas y reediciones en las revistas pulp-. Hasta que en Francia Maurice Lévy defendió su tesis doctoral en la Sorbona en 1969, y publicó posteriormente el volumen Lovecraft ou du fantastique, que se puede considerar el primer estudio académico sobre HPL.

Desde entonces y hasta 1999 ha habido un ligero pero constante goteo de obras sobre Lovecraft. Muchas de ellas son verdaderas tomaduras de pelo, otras, una minoría, son muy buenas aproximaciones al autor. La biografía de Joshi Lovecraft: A Life (1996), es sin dudarlo el estudio más riguroso de su vida, y debería de hacer que a Sprague de Camp se le cayese la cara de vergüenza por la biografía que publicó en 1975. Burleson nos dejó una perla deconstructiva en 1990, Lovecraft: Disturbing the Universe, que es el primer acercamiento post-estructuralista al autor del que tengo conocimiento. Mosig, dentro de su volumen Mosig at Last: A Psychologist Looks at Lovecraft, nos brinda algunos ensayos magníficos sobre HPL. Y no puede quedar sin mencionar H.P. Lovecraft. Contre le monde, contre la vie, de Houellebecq, que es posiblemente el mejor ensayo introductorio que se ha escrito (y se escribirá) sobre Lovecraft. Un texto visceral y maravilloso que es el primer paso ideal para entrar en profundidad en la figura del de Providence.

El 99 es un año importante para Lovecraft, pues la editorial Penguin comienza a publicar sus textos en la colección Penguin New Classics, en tres volúmenes editados por Joshi. Esto supone el reconocimiento a nivel mundial de Lovecraft como escritor canónico, y a partir de aquí se produce un boom sobre Lovecraft, con muchísimas ediciones no siempre recomendables (de hecho, no recomendables en la mayor parte de los casos) de monografías sobre HPL. Vuelven a aparecer memorabilias, libros de recuerdos, cartas, etc., interesantes a nivel biográfico, pero pocos acercamientos originales, salvo honrosas excepciones. Entre ellas está el libro de David Oakes Science and Destabilization in the Modern American Gothic: Lovecraft, Matheson and King, un estudio de las relaciones ciencia-literatura-realidad en esos tres escritores tan queridos por un servidor. Un volumen original y diferente, desde luego, que ofrece un poquito de aire fresco a un panorama saturado de libros que dan mil vueltas a lo mismo sin aportar apenas nada nuevo.

Comienzan también a publicarse libros con ensayos 'perdidos' en el mundo del pulp, y hace un par de años, incluso, se publica un libro en España con motivo de la celebración de un congreso en la Universidad Carlos III de Madrid sobre la figura de HPL. Cuadernos del abismo, editado por Broncano y Hernández de la Fuente, incluye un puñado de artículos y de textos literarios en homenaje al autor. Algunos de los ensayos son notables, como el de Torres Oliver sobre las raíces góticas de Lovecraft.

Mirando el colectivo de lo que hay hasta hoy sobre Lovecraft (que me ha llevado algo más de tiempo que redactar esta versión condensada XD), puedo concluir y concluyo que sobre Lovecraft se ha escrito un volumen más o menos considerable de papel, pero la mayor parte es completamente prescindible por ser repeticiones de los mismos temas una y otra vez, y hay pocos ensayos sesudos y originales sobre el escritor. Espero que, en unos años, la cosa cambie y yo pueda colaborar a ello.

J.

jueves, 18 de marzo de 2010

Enterrar a los muertos

Parece mentira que, por una vez que me salgo -por puro placer- de mi mundo literario particular, ese por el que pululan monstruos, demonios, vampiros, zombis y demás, sea para meterme en un libro que se titule Enterrar a los muertos. Y no, la verdad es que el libro de Ignacio Martínez de Pisón no tiene nada de gótico.

Es difícil discernir si Enterrar a los muertos es una novela, un ensayo, un trabajo de rigurosa investigación histórica o todo junto al mismo tiempo. Martínez narra la desaparición y asesinato de José Robles en la España de 1937, en plena guerra civil. Lo que me llevó hasta este libro fue que Robles se encargó de traducir al español Manhattan Transfer, de John Dos Passos, con el que tuvo una buena amistad. Dos dedicó gran parte de su vida a intentar esclarecer los acontecimientos que rodearon la muerte de Robles, y en el tiempo que pasó en España tuvo la oportunidad de aproximarse a Hemingway, que también pasaba por allí, y con el que mantuvo una relación de amor-odio.

El tema de la Guerra Civil española, cansino y explotado hasta la saciedad, y bastante anodino ya para mí, es recuperado por Martínez de Pisón con un riguroso estudio metaliterario que sirve para poner de manifiesto la intrusión de Rusia en la organización republicana, la desorganización que llevó a perder la guerra a dicho bando y, en general, la impotencia del individuo frente a los hilos ocultos que perdonaban vidas de la misma manera que las quitaban.

De la lectura del libro se pueden extraer bastantes conclusiones. Una de ellas, la más obvia, es el TREMENDO trabajo de investigación que hay detrás de las páginas. Basta acercarse a la bibliografía que incluye para hacerse una idea. Por otra parte, y a título personal, me ha ratificado algo que ya sabía: la historia no es mi fuerte, ni siquiera a nivel nacional. Pese a poder seguir la narración con soltura, el aporte de datos, nombres, organizaciones... es tan masivo que a veces me daba la sensación de que yo, como lector de historia, soy un auténtico inútil. El sistema de notas, por otra parte, es bastante inadecuado. Amén de estar todas incluidas al final del libro, en vez de a pie de página (que, personalmente, es como me gustan), no están siquiera numeradas, no hay llamadas ni nada que las identifique, por lo que es prácticamente imposible seguirlas.

No obstante el libro es magnífico. El retrato de Hemingway como tipo duro metido hasta la médula en la lucha armada, caiga quien caiga, me resultó de lo más esclarecedor, y contrasta y enfrenta las ideas mucho más pacíficas del propio Dos Passos. Y lo que es más difícil todavía... conseguir que un ensayo tan riguroso enganche en su lectura no es una tarea sencilla en absoluto.

J.

martes, 29 de diciembre de 2009

Una historia sin final feliz

Por una vez, y sin que sirva de precedentes, me gustaría sacar a colación un cómic. Digo sin que sirva de precedentes porque uno es consciente de sus límites y desde que comencé la andadura de este blog, no me he sentido con capacidad suficiente para criticar con fundamento el cada vez más creciente número de novelas gráficas que han ido acumulándose en mis -flamantemente nuevas- estanterías. Al ser un medio en el que no me siento versado, tampoco me veo con autoridad para hablar de su calidad.

El caso es que lo último que he podido leer ha sido un producto Marvel bastante inusual. Se trata de X-Men: Magneto. Testamento, una historia autoconclusiva que nos desvela la oscura infancia y juventud de uno de mis supervillanos favoritos, que pasó una temporada sufriendo la persecución alemana y los sinsabores de un campo de concentración.

No voy a entrar en profundidad a analizar el volumen, porque no es lo que pretendo con esta entrada. Baste decir que no es un cómic de superhéroes, sino un cómic sobre el Holocausto que trae sorpresa al final. Y es esa sorpresa de la que quiero hablaros.

Una vez enterado de las vicisitudes del joven Magneto entre los nazis, o más bien, entre los fantasmas judíos que pueblan los campos de concentración, me tropecé con una editorial firmada por el mismísimo Stan Lee que, para aquellos que anden despistados en el tema, es uno de los padres del cómic americano (que además suele tener cameos en la mayoría de las adaptaciones cinematográficas de los héroes Marvel que se ruedan). Y de la mano de Stan Lee me enteré de la historia real que da título a esta entrada, la historia de Dina Babbitt. Dina nació en la República Checa en 1923, y tuvo la desgracia, al igual que Magneto, de ir a parar cuando era una jovencita a Auschwitz. Dina, por aquel entonces, despuntaba en el arte del dibujo y, clandestinamente, pintó un mural con Blancanieves y los 7 enanitos de Disney en uno de los barracones atestados de niños judíos que esperaban su turno para ser aniquilados. De esta manera, y jugándose la vida por tamaña osadía, llenó de un poco de color la vida de aquellos chiquillos.

El mural fue descubierto por los nazis, que llevaron a Dina -supongo que aterrada, esperando su muerte- ante la presencia de Josef Mengele, una de esas figuras históricas que dejan en bragas al Dr. Doom y cualquier otro supervillano que se os ocurra. Mengele requirió de Dina, a cambio de salvar su vida, que pintase para él retratos de prisioneros gitanos con los que estaba experimentando. Al parecer, el Ángel de la Muerte no estaba satisfecho con las tonalidades de piel que obtenía de su cámara fotográfica, y quiso que Dina retratase y 'retocase' a los gitanos con acuarelas que reflejasen más fielmente esos matices que le ayudarían a demostrar su gran teoría de la supremacía genética aria.

Dina, parece ser, pidió al mismo Mengele que salvase la vida de su madre, que se encontraba en Auschwitz también, 'amenazándolo' con suicidarse si no lo hacía. Mengele, en un alarde más de su histriónica personalidad, aceptó.

La pintora retrató aproximadamente a una docena de prisioneros hasta que fue liberada, y además también retrató a diversos familiares de oficiales nazis, al propio Mengele en plena faena, disecciones, etc., etc.

Dina se marchó a Estados Unidos, los años pasaron y llegó a ser una importante animadora de estudio, trabajando en series como Speedy Gonzalez o Piolín. En 1973, se enteró de que el museo de Auschwitz iba a exponer varios de aquellos retratos que, milagrosamente, se habían salvado. Solicitó al museo polaco que le devolviesen aquellas acuarelas, pero el museo se negó en rotundo, alegando que los dibujos no eran propiedad de Dina, sino de -!!!- Josef Mengele.

Hasta ahí, lo que pude aprender de X-Men: Magneto. Testamento. La historia me interesó bastante, así que investigué un poquito más, y parece ser que ha existido un movimiento de cierta relevancia dentro del ámbito de la animación profesional para que Dina recuperase sus retratos. De web en web he pasado por la vida de Mengele, de Stan Lee, por las experimentaciones en los campos de concentración, por la historia del Escuadrón 731 del Ejército Imperial Japonés, por textos sobre la historia que os acabo de contar, intentando encontrar esa noticia que dijese que las ilustraciones estaban donde tenían que estar... hasta que he llegado a una fecha desoladora: 29 de julio de 2009. En esa fecha, Dina Babbitt falleció víctima de un cáncer. Jamás pudo recuperar sus obras. Su entrada en la Wikipedia seguía narrando su vida en presente, como si estuvise viva.

El último capítulo de la versión americana original de X-Men: Magneto. Testamento terminó de publicarse en marzo de 2009.

J.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Viento de cambio

Lo poco que recuerdo de hace 20 años es que yo estaba en casa de mis abuelos, por la tarde noche, viendo Plastic. Plastic era un programa que me gustaba mucho, tenía un deje alternativillo (que evidentemente yo no he podido apreciar hasta ahora), y un aire Wayne's World inédito en TVE. Además ponían música que molaba.

El caso es que lo otro que recuerdo es que mi madre me dijo que lo que estaba pasando se estudiaría en los libros de historia cuando nosotros fuesemos mayores. Entonces yo tenía 9 años y todo me sonaba un poco a chino, por mucho que le pesase a Don Fernando, nuestro profe de geografía e historia en el colegio. Hoy tengo casi 30 y mi madre no se equivocaba. Aquello está hoy en los libros de historia, claro que lo está.

Como dejar el vídeo de 'Wind of Change de Scorpions' debe de estar muy visto, os dejo con algo de U2. 'Stay (Faraway, so close!)' tiene poco que ver con el muro, pero Berlín está omnipresente en tan magna canción. Enjoy.

Y para continuar con la celebración alemana, mañana estaré viendo a Rammstein en Madrid, así que hagan sus apuestas sobre si harán alguna referencia al muro o no. De todas formas, como la hagan en alemán, me voy a enterar reguleramente...

J.