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domingo, 9 de mayo de 2010

Alicia en el país de C.S. Lewis

Vuelvo, después de un parón demasiado largo (culpad a la falta de inspiración, la desidia y la sobrecarga de lecturas para la tesis), comentando lo que para mí no deja de ser la confirmación de un hecho: Tim Burton está entrando en una peligrosa, aunque por otra parte comprensible, espiral de poner su 'atrezzao' trasero al mercado.

De toda la filmografía de Burton, creo que sólo El Planeta de los Simios (y tal vez Frankenweenie) quedan por debajo del nivel de Alicia. ¿Y qué hace que la Alicia del californiano caiga al submundo de Burton? Pues lo que ya se ha comentado por varios lugares: que estamos ante un producto con la inquietante y característica factura Burton, pero con un contenido digno de cualquier directucho de tres al cuarto.

Imaginemos que Lewis Carroll nunca existió, y tampoco lo hizo su obra literaria. Imaginemos ahora la siguiente historia: un personaje que vive oprimido en su mundo real inglés llega a un lugar fantástico, lleno de criaturas y seres extraños, y dividido en dos facciones enfrentadas, que no son otras que el bien y el mal. Este personaje que llega descubre, por medio de una profecía, que será el encargado de restaurar el orden de las cosas (orden que, por otra parte, consiste en devolver el bien a la posición de poder).

Ahora, recordemos obras como Narnia (tanto la versión fílmica como la literaria), El Señor de los Anillos (idem), Willow y tantas otras. Qué tópico, ¿no? Pues eso es la Alicia 2.0 de Burton, envuelta en su estética particular (y a ratos demasiado cansina ya) de árboles retorcidos, personajes esquizoides y fantasía pasada por el filtro del color ceniza. No hay más. La obra de Carroll no deja de ser un punto de partida sobre el que inspirarse para crear un producto vacío, previsible y estéticamente fiel al estilo del autor.

La mayoría de las virtudes que hacen de los personajes de Burton seres entrañables han desaparecido de este país de las maravillas. No hay equilibristas morales, sólo personajes histriónicos -un buen Depp- y ciertos gestos irónicos hacia otros -la Reina Blanca-, los buenos no tienen ese lado repulsivo que tenían Eduardo Manostijeras y La Novia Cadáver, y los malos son repelentes y su poder de atracción queda a años luz del que tuvieron el jinete sin cabeza o los cabezones alienígenas de Mars Attacks!. ¿Entretenida? Sí, lo es. ¿Innecesaria? También.

J.

martes, 2 de febrero de 2010

Avatar y el cine

Después de varias semanas de margen, esperando a que las hordas de público dejasen de acudir a las salas, me cansé de esperar (en parte también por la acumulación de trabajo cinematográfico que tengo, y lo que está por venir), así que me lancé a ver Avatar.

Se han escrito tantísimas cosas ya sobre la película, que supongo que poco o nada nuevo podré aportar, pero bueno, a ver qué os digo...

Técnicamente, tal y como cabía esperar, Avatar es una obra maestra. El empleo de la tecnología con fines cinematográficos ha sido una de las obsesiones de Cameron durante toda su carrera, así que esta vez no iba a ser menos. Es una película hecha para ser vista en 3D, con unas escenas pensadas para ser casi acariciadas por el espectador. A nivel de fotografía, sonido, escenarios, cámaras, efectos especiales y, sobre todo, color, es probablemente lo más grande y brutal que se haya hecho hasta la época en pantalla grande. Que Cameron saca rendimiento a lo que la ciencia le pone al alcance es indiscutible. Todo esto hace ya que Avatar sea una película que, desde luego, hay que ver para comprender hasta dónde se puede llegar en el mundo del cine y, más que ninguna otra, verla en pantalla grande y en 3D. Nada de verla online o en tu casa cuando salga el dvd. Craso error. Y sí, pese a todo lo que voy a decir a continuación, es de las películas que HAY que ver.

Hasta aquí, todo fenomenal. Los no pocos problemas de Avatar están en otro sitio, y es que la película es un coñazo a nivel narrativo. El guión de la cinta no es malo en sí, es simplemente tan previsible, infantil y ecológico que cansa hasta decir basta. Los personajes son un cúmulo de estereotipos uno detrás de otro, las escenas son una amalgama de situaciones enlatadas vistas ya mil veces antes, y las 3 horas de orgasmo visual bien podrían contarse en la mitad de tiempo. Pero ahí está el problema, ya que si se cuenta en 90 minutos, la mitad de las escenas realizadas por y para demostrar quién manda en el 3D cinematográfico y en tecnología en general tendrían que ser descartadas. La mayor parte de la película da la impresión de estar realizada simplemente como un manual de cómo hacer cine espectacular y épico en tres dimensiones, sin aportar absolutamente nada a la cinta, salvo un entretenimiento que al rato se convierte en sopor. Incluso la larguísima batalla final se me hizo interminable, algo destacable considerando que me gusta más una batalla épica que a un tonto un lápiz. Suena a tópico pero... ¿efectos especiales al servicio del guión o guión al servicio de los F/X? Aquí no hay duda.

Discutiendo con un amigo, me decía que Star Wars me gusta y el guión es igual de malo. Creo que no, creo que lo que distingue Star Wars de Avatar es, precisamente, que su guión engancha. Es un culebrón, sí, pero engancha. En la película de James Cameron no engancha nada, porque ya se sabe todo lo que va a pasar, absolutamente todo, cuando llevamos media hora de proyección.

Los hermanos Wachowski demostraron con la primera entrega de Matrix (con la segunda no, desde luego, y la tercera ni la he visto...) lo mismo que Alex Proyas ya anticipó en Dark City, y es que tener un buen guión no es incompatible con los efectos especiales.

Creo que todos los que hemos visto Avatar coincidiremos más o menos en que la película será un punto de referencia en el que se mirarán la inmensa mayoría de las superproducciones de ahora en adelante, al igual que ya ocurriera con otras obras de Cameron, como Terminator 2. Como ya ocurrió con Titanic, se llevará chiquicientos premios y será un paso de gigante más en la recalificación de eso que llamamos 'la magia del cine'.

Pero será que me estaré haciendo viejo, intelectualoide, o yo qué se: a mí me hubiese gustado que me contasen algo no tan obvio. Reconozco que es de obligado visionado para saber hacia dónde vamos y porque supongo que dentro de 60 años se hablará de ella como hoy hablamos de Ben-Hur, pero a mí me aburrió incluso sabiendo a lo que iba y habiéndome dejado el cerebro en casa.

J.

martes, 6 de octubre de 2009

[REC]flexiones

Sí, esto va de [REC]2, la película. Hay spoilers más o menos sutiles a lo largo de todo el texto...

[REC] me pareció una película fresca y muy muy original, algo que, aunque suene a tópico, es complicado de encontrar hoy en día en el cine de terror, y más si es de ámbito nacional. La secuela, [REC]2, tiene como principales defectos, entre otros, el intentar arrastrar y superar las virtudes de su predecesora. La cinta original dejó el listón muy alto, y era misión casi imposible superarlo.

El uso de la cámara en mano, que bien podría haber sido el principal obstáculo de esta segunda parte, ha sido superado con éxito, dando un giro adicional y añadiendo más cámaras y perspectivas al metraje, que crea una especie de rompecabezas narrativo no complejo, pero sí divertido de montar. Los problemas de [REC]2 son más estructurales, y creo que la mayoría de ellos derivados de una primera parte que era brillantemente hermética y claustrofóbica, y que dejaba poca cabida a continuaciones sin meterse en arenas movedizas, que es lo que han hecho Balagueró y Plaza. Intentar explicar científica y religiosamente qué está ocurriendo en ese edificio de Barcelona es un error con el que esta secuela carga desde el primer momento, y abrir -más o menos metafóricamente- las puertas del bloque y dejar que aquello se convierta en una verbena sangrienta es otro. Y es que aquella comunidad se llena de demasiada gente: curas, más bomberos, fuerzas especiales, niños, muñecas hinchables... y todo pierde la sensación estanca que hacía fuerte el filme original. Por si fuera poco, el final deja claro que habrá una tercera parte en la que todo saldrá a la calle.

Ahondar en aspectos que quedaron más o menos abiertos en la primera parte podría haber sido un acierto, pero mezclar los exorcismos con propagaciones víricas hace que los dientes rechinen. Meter más zombis correteando está bien, pero otorgarles habilidades que no muestran en la primera parte es un desastre. Salpicar de homenajes a El exorcista, 28 semanas después y al cine de terror japonés el metraje se agradece, pero que a veces todo sea demasiado evidente tampoco ayuda. Atar cabos es conveniente, pero dejar muchos más abiertos es tramposo. Volver con Manuela Velasco es de agradecer, pero hacerlo de una manera tan forzada y poco convincente hace que todo se desmorone. Cuidar al máximo el no caer en fallos de raccord es loable, pero hacer un guión inconsistente no tanto (¿por qué el bombero se enfada tantísimo cuando descubre que han seguido a los chicos cuando él mismo se deja la tapa de la alcantarilla abierta?!?!?!?!)

No obstante, no podemos obviar las partes positivas, que las hay. El montaje es muy bueno, como ya he comentado, gracias al uso de las diversas cámaras subjetivas. La atmósfera malsana del ático acapara gran parte del metraje, y es incrementada con nuevas áreas, a la manera de un dungeon rolero. Además, se juega con ciertas situaciones claustrofóbicas que recuerdan a "Las ratas del cementerio" de Henry Kuttner, o a cierto pasaje de El resplandor, de Stephen King. Todo con mucho acierto. El visionado se disfruta si dejamos en casa el cerebro, eso es innegable. Pero en el momento en que se rasca un poco en la superficie, todo se cae. Lástima.

J.

viernes, 28 de agosto de 2009

Anticristo

Lars Von Trier es de esos directores que, aunque suene a tópico, amas u odias. A mí me ha encantado todo lo que he visto suyo, hasta que he llegado a Anticristo, que ¿disfruté? hace casi una semana y todavía no sé si me gusta o no. Desde entonces no he dejado de darle vueltas a la película, lo cual ya es un mérito que muy pocas cintas consiguen hoy en día, todo sea dicho.

Anticristo
viene precedida por la polémica que ha generado en los festivales por los que ha pasado: Se la ha tachado de gratuitamente violenta, de bodrio camuflado con ínfulas filosóficas y psicológicas, de ser una mamarrachada más de la factoría Dogma... esto es, de la mayoría de las cosas que se suelen tachar.

¿De qué trata Anticristo? La premisa es relativamente simple: una pareja pierde a su hijo pequeño y ambos se marchan a una pequeña cabaña en el bosque, a intentar que ella supere la profunda depresión en la que ha entrado. Pero si todo fuese tan simple, no sería Von Trier, claro.

La película está dividida en dos partes, casi separadas por un abismo. La primera tiene un desarrollo psicológico denso, y un inmenso Willem Dafoe ejerce como terapeuta para su esposa, una enigmática Charlotte Gainsbourg. Hacia mitad de la película, aquello deja de ser terror psicológico y se convierte en un festival de violencia cruda, dogmática y directa, de la que hace que te cruces de piernas en el asiento varias veces (si tienes la suerte de verla en una sala en condiciones que te permita cruzar las piernas, no en la sala-autobús donde se proyecta en Córdoba).

Se podría decir que Anticristo es una película de terror psicológico, o un thriller, o un drama, o vaya usted a saber qué. En todas las categorías encaja y de todas se escurre. Lo que me viene dando igual, por otra parte. Lo apabullante de la película del director danés es el registro de niveles de significado que tiene, las metáforas y los campos que aborda, desde la naturaleza a las relaciones entre géneros, pasando por toda una gama de sentimientos -ninguno de ellos positivo- del alma humana, de ideas casi chamánicas, de ambigüedades semánticas y de juegos cromáticos (la fotografía de la película es sensacional).... Es tanto lo que se puede hablar de la película que todavía no tengo muy claro cómo interpretarla. O lo mismo voy para viejo y se me están anquilosando las neuronas.

La crítica de que Anticristo está plagada de violencia desaforada e innecesaria es, hasta cierto punto, acertada. Es cierto que hay mucha violencia, muy explícita, pero todo el halo de irrealidad que impregna los fotogramas hace que el distanciamiento sea mucho mayor con esa violencia que el que sufre el espectador en películas como la nunca-demasiado-defendida-por-mí Irreversible, que te golpea duramente en todos los planos debido a la credibilidad del mensaje.

Y es que Anticristo, y creo que aquí está el quid de la cuestión, tal vez no sea una película tan sumamente realista y 'humana' como se nos quiere hacer ver. Tal vez Von Trier ha querido hacer su particular película de terror, y así le ha salido. Y no con esto banalizo o trivializo todos los contenidos de la cinta, que son muchísimos. Simplemente creo que no hay unanimidad sobre el medio en el que se han plasmado. Porque, que yo sepa... nadie pone el grito en el cielo cuando estrenan películas de terror, splatter, gore y casquería en general ¿verdad? Será porque no se estrenan en festivales.

Ojo, para estómagos fuertes.

J.

sábado, 15 de agosto de 2009

Confrontando traumas cinematográficos infantiles

Es probable que todos recordeis alguna película que, en vuestra infancia, os marcase especialmente. Yo he tenido varias, y normalmente las que más me marcaban eran aquellas en las que las pasaba canutas por ser películas de terror.

El otro día me marqué una sesión doble de traumas infantiles, ya que he podido recuperar en DVD un par de películas de las que me dejaron tocado cuando pequeño (así he acabado). Primero, House, una casa alucinante. Es importante considerar que la película se estrenó en 1987 en España, y yo la vi en el cine. Esto es, tenía 7 años y, pese a estar curtido cinematográficamente todo lo curtido que un niño de esa edad puede estarlo, House fue demasiado. Había brujas (no de vlei), soldados zombis, fantasmas, calaveras, niño desaparecido, monstruos en el armario, manos de bruja amputadas colgando de la ropa y todos los clásicos de una casa encantada, mezclados con dosis de humor negro que mi infantil mente no podía digerir. Cuando la volví a ver el otro día me quedé estupefacto de lo entrañable y terriblemente gomosa que es, y también me surgió la pregunta de qué adultos me andaban rodeando para llevarme al cine a ver eso con mi edad... Lo dicho, así estoy.

El caso es que la revisión, además de servirme para purgar uno de mis traumas infantiles (no había vuelto a verla), fue productiva, ya que, pese a que es una serie B con mayúsculas, la película tiene un trasfondo interesante y no deja de ser una parábola de los horrores de Vietnam que, aunque es un tema bastante manido, tiene aquí una aproximación más original, sin helicópteros, Cabalgata de las Valkirias ni Rambos.

Y de los horrores de Vietnam pasé a los horrores de la guerra nuclear, y me zambullí en When the Wind Blows, película británica de animación, cosecha del '87, y que tuve oportunidad de ver no mucho después en televisión, en TVE2 (todavía no era La2), en un ciclo de cine de animación que pusieron durante varias semanas, en el que también pasaron Vampiros en la Habana. Calculo, nuevamente, que servidor no tendría más de 10 primaveras, y con esa edad todavía era incapaz de comprender que podía existir cine de animación para adultos. Dibujitos eran dibujitos, esto es, para niños, aunque fuesen a las 10 de la noche. Menos mal que poco después descubrí Urotsukidoji y quedé curado en espanto.

When the Wind Blows, que pedí a Inglaterra pero que se ha editada hace poco en nuestro país, narra la historia de una pareja de ancianos que viven en una pequeña casa de campo inglesa, y cómo afrontan la amenaza (y posterior consecución) nuclear a la que se ve sometido el pais. De cuando la vi por primera vez, hace casi 20 años, recordaba escenas, imágenes, fragmentos, pero sobre todo la sensación de extrema tristeza que me dejó en el cuerpo durante muchos días la película. Pude volver a verla hace unos años, en muy mala calidad, con una descarga 'poco lícita' de internet, pero tenía ganas de volver a verla con tranquilidad.

La entrañable pareja protagonista está tocada con la vara de lo naïf, y mientras el marido se dedica a estudiarse los folletos gubernamentales de cómo construir un refugio nuclear casero y llevar a cabo la tarea, su mujer no para de preocuparse de los daños que una bomba pudiera causar en su cristalería o en la pintura de las paredes. Todo parece, en un principio, una especie de comedia senil, hasta que el espectador descubre que la cosa va en serio, y se produce el holocausto nuclear. Los abuelos sobreviven gracias al refugio, y descubren lo que queda de su casa y jardín, su pequeño microcosmos, tras la catástrofe... e intentan sobrevivir.

Lo realmente duro de la película es precisamente ese toque infantil, casi senil, que tienen los protagonistas, que contrasta con la dureza de la realidad que se trata, y les otorga una cierta credibilidad, pues tienen comentarios, conversaciones y actitudes que todos hemos podido apreciar en nuestros propios abuelos.

Bueno, pues este segundo trauma no ha sido superado, ya que la película sigue produciéndome las mismas sensaciones de desasosiego que antaño, y me volvió a dejar con un mal rollo en el cuerpo importante. Ideal para luego irse a un funeral.

No obstante, When the Wind Blows es una película excelente, con una animación innovadora y muy particular. No es recomendable para vuestros hijos, que luego acabarán como yo, pero sí para vosotros.

Siguiente objetivo: Piraña. Sí, ¿qué pasa? ¡Seguro que a vosotros os traumatizaron cosas peores! Aunque creo que la conexión Lovecraft-Piraña cobra cierto sentido... Alejaos de las profundidades.

J.

martes, 4 de agosto de 2009

Arrástrame al infierno

Cuando yo había dado ya por perdido al bueno de Sam Raimi entre tanta secuela arácnida, el director se ha desmarcado con Arrástrame al infierno que, en cierta medida, es una vuelta a los orígenes, al cutrerror de la nunca suficientemente alabada trilogía de Evil Dead.

Arrástrame al infierno es la típica película de la que se escucharán muchísimos comentarios del tipo 'vaya coñazo', 'menuda mierda' y similares, procedentes de hordas adolescentes que no sabían dónde se habían metido o de amantes de los splatters de diseño, que tampoco tenían ni idea de qué iba el rollo. Pero para todos aquellos que recordamos con un cariño especial a Ash, de la cadena de supermercados S-mart, la película es una especie de déjà-vu encantador, que por momentos nos vuelve a llevar a aquella trilogía gloriosa aunque, todo sea dicho, sin llegar a alcanzar las cimas del absurdo y lo cómico que tuvieron las predecesoras.

No hay mucho que contar sobre la historia. La protagonista (Alison Lohman), empleada de banca, niega el aplazamiento de los pagos hipotecarios a una repugnante vieja (Lorna Raver, con un inquietante parecido a la bruja zombi del sótano de Evil Dead), la cual decide maldecirla y mandar al lamia (aunque en realidad de lamia tiene poco, más bien un espíritu demoníaco y punto) a por ella, para, literalmente, arrastrarla al infierno. El resto tiene poco que contar. Situaciones predecibles, escatología, actuaciones elementales, falsa tensión, final que se ve venir desde la mitad de la película...

¿Qué es, por tanto, lo que hace que Arrástrame al infierno merezca la pena? Pues precisamente que es un producto clásico Raimi, de terror ochentero. Se echa en falta algo más de sangre, ciertamente, pero abundan las situaciones escatológicas que incluyen profanaciones, fluidos corporales de colores repungnantes, cadáveres, gusanos, líquidos de embalsamar, viejas sin dentadura, machos cabríos malhablados y similares. Es decir, lo que todo seguidor del Raimi clásico desea ver.

Es cierto, como ya he dicho, que la película no llega a la altura de la trilogía protagonizada por Bruce Campbell, pero tiene algunos momentos en los que la carcajada está asegurada, debido a lo exagerado de la situación, a lo absurdo o simplemente a lo repugnante. No hay que pararse a buscarle las vueltas a la película, porque hay fallos de racord e inconsistencias del guión por doquier, pero... ¿quién se fija en esas cosas cuando tenemos a una gitana tuerta, embalsamada, con un ojo grapado y la dentadura postiza envuelta en un pañuelo dentro del bolsillo?

El resultado, para aquellos que sigan sin saber de qué estoy hablando, viene a ser la suma de La Máscara con Brain Dead. Sólo espero que Raimi vuelva con más, y se deje de tantos trepamuros.

J.

miércoles, 17 de junio de 2009

Déjame entrar

Según la tradición gótica, ningún vampiro puede entrar en una casa si no recibe invitación expresa de los inquilinos. En el momento en que dicha invitación es recibida, el vampiro tiene licencia para acceder a nuestra morada y darse banquetes a costa de nuestra yugular. Si se sabe esto, tal vez uno no vaya demasiado despistado a ver Déjame entrar, película sueca de un tal Tomas Alfredson, director con cierta experiencia en televisión, no tanta en cine.

La película viene avalada por un buen número de premios en festivales independientes y minoritarios, siendo el más destacado su triunfo total en Sitges 2008. Aun así, la distribución a nivel nacional ha sido bastante discreta, aunque da la impresión de que el boca a boca no tardará en convertirla en película de culto y/o sleeper.

Cuando Coppola rodó su particular y sobresaliente Drácula, algo cambió en el género vampírico a nivel mundial. La figura del vampiro pasó del ser maléfico, hechizante y peligroso a la de un atormentado por su eterna no-vida, condenado a amar desde las tinieblas, y condenado a condenar a aquella persona a la que ama. Poco a poco, con el surgimiento de las novelas de Ann Rice y la llegada de productos como Blade, Underworld, Van Helsing y demás sandeces, la figura vampírica pasó por diversos estados, del superhéroe al tecnovampiro, desembocando finalmente en ese pastel para adolescentes con revolución hormonal llamado Crepúsculo. De vez en cuando alguien rescataba al vampiro más cabroncete y le daba su particular toque gore, como ocurrió con la incomprendida Vampiros de Carpenter, pero en general, la figura del vampiro en los últimos 15 años ha ido, en mi opinión, de mal en peor.

Si algo salvo de Entrevista con el vampiro es, sin duda, el toque de frescura que suponía añadir un personaje infantil a toda la trama -una Kirsten Dunst que todavía no entendía de arañas-. Déjame entrar, por fin, vuelve a ese tema, y lo coloca como eje central de la trama. Oskar es el típico niño retraído y con problemas de acoso en el colegio, y conoce a una misteriosa vecina de su edad a la que no le importa salir en camisón a la fría y nevada noche sueca, y que vive en un piso con las ventanas selladas por cartones y periódicos junto a su aparentemente padre. Poco a poco ambos niños afianzan una relación de amistad que se volverá amor, con las lógicas reservas que tiene Eli, la chica, ya que su gusto por la hemoglobina lo complica todo un poco.

La historia mínima que nos cuenta Alfredson no deja de ser eso, una pequeña aventura intimista, un cuento de amor y venganza con un componente terrorífico que los chicos intentan llevar con más o menos naturalidad (?). El desarrollo de la historia es más o menos previsible, y hacia la mitad de la cinta podemos intuir qué nos queda por ver. Sin embargo lo que hace de Déjame entrar una película maravillosa no es tanto el qué se cuenta sino el cómo se cuenta. La química entre los dos chavales funciona a la perfección, y crea una complicidad infantil entre ambos que engancha desde el primer momento.

Por otra parte, el enmarcar toda la historia en el frío invierno sueco le da un toque de originalidad y frescura (chiste fácil) a la revisión vampírica que hace que los tópicos se diluyan entre las huellas en la nieve. La lírica de toda la historia se ve interrumpida en ocasiones puntuales con mazazos de violencia que no dejan que olvidemos que aquella criaturita de ojos enormes y rostro pálido es una señora de la noche y que, nos guste o no, un vampiro es un vampiro.

El juego metafórico del título se desarrolla a lo largo de toda la cinta, y existe una saturación de umbrales -en forma de puertas y ventanas- que copan toda la pantalla desde la primera toma, en la que Oskar se refleja en un cristal. El umbral, pieza clave en la construcción de toda la tradición gótica, sigue omnipresente aquí, y es en un umbral donde se desarrolla la escena que resume todo el conflicto de las relaciones entre lo real y lo imaginario, nuestro mundo y el mundo de la noche, con Oskar tentando a la vampiresa desde el otro lado de la puerta de su casa.

La fotografía y encuadres son brillantes. La no-luz que pude experimentar personalmente en Suecia está presente en un sol que no calienta (¿puede haber mejor hogar para un vampiro?), en unas tonalidades amarillentas, grises y apagadas. Los juegos de líneas horizontales y verticales llenan de geometría cada plano, ya sea en forma de troncos de árboles o de entramados de ventanas en un edificio, como si Antonioni hubiese estado disponiendo cada plano.

Déjame entrar es una gozada estética y una bonita historia de amor que revisiona de manera absolutamente original la figura del vampiro. Sólo eso. Casi nada.

J.

viernes, 5 de junio de 2009

Cuando Bill le ahorró el trabajo a La Novia

Ayer estaba medio consternado por la muerte de David Carradine. Hoy, conforme van surgiendo detalles, estoy descojonado... parece ser que ayer, cuando decían que había aparecido con una cuerda alrededor del cuello, obviaron el detalle de que tenía otra alrededor de los genitales, lo que parece indicar que no ha sido un suicidio, ni un asesinato ni nada por el estilo, sino un desafortunado accidente mientras practicaba onanismo casero desbocado...

Es una verdadera putada, lo sé, pero a ver... lo único que se me viene a la cabeza es aquella canción de Def Con Dos titulada 'Pánico a una muerte ridícula'. Va por el Pequeño Saltamontes. Pobre hombre, le auguro una posteridad pintoresca:

Electrocutarse al cambiar una bombilla.
Suicidarse sin mirar la Primitiva.
Ahogarse en la piscina de un barco.
Desnucarse en la bañera fornicando.
Castigo divino a la zoofilia.
Pasión que aplasta una roca asesina.
Todos se ríen porque adivinan
qué hacía el difunto con una gallina.
Onanismo casero desbocado
en la cocina del lord diputado.
Bolsa de plástico en la cabeza
y en el muslo las ligas de la asistenta.
Carne festiva en la casa de fieras.
Nubes negras que anuncian tormenta.
Miras al cielo muy estirado
y te cae en a tí el único rayo.

Pánico.
Pánico a una muerte ridícula.

La novia morada se convulsiona
en el día del banquete de su boda.
En su garganta un gran langostino.
La asfixia produce sonoros gemidos.
Cornisas que sepultan a toda una familia
cuando entran a ver una película de risa.
Peatones inocentes que son el objetivo
de desesperados que se lanzan al vacío.

Divertidas fiestas de moros y cristianos.
Lanzas, espadas y lluvia de petardos.
La pólvora no siempre explota donde debe.
Disfrazados de paje hay muchos que mueren.
Electrocutarse al cambiar una bombilla.
Suicidarse sin mirar la Primitiva.
Ahogarse en la piscina de un barco.
Desnucarse en la bañera fornicando.

Pánico.
Pánico a una muerte ridícula.

Palmarla a lo tonto es degradante:
se ríe hasta el Juez que levanta el cadáver.
Muecas y bromas en el velatorio
y luego un entierro bochornoso.
Nacer, crecer y reproducirse
para luego al morir ser motivo de chiste.
Si ves la sombra de la guadaña
arréglate un poco y pon buena cara.

Electrocutarse al cambiar una bombilla.
Suicidarse sin mirar la Primitiva.
Ahogarse en la piscina de un barco.
Desnucarse en la bañera fornicando.

Pánico.
Pánico a una muerte ridícula.

J.

martes, 10 de marzo de 2009

Eyes wide closed - Paralelismos y serendipias

El pasado sábado se cumplió el décimo aniversario de la muerte de Stanley Kubrick. Hubiera sido muy injusto con él si no le hubiese dedicado al menos una tardía entrada. Y es que, de alguna extraña manera, la figura de Kubrick guarda un cierto paralelismo en ciertos aspectos con la de mi propio padre. Podríamos decir que Kubrick aumentó la curiosidad que mi padre despertó -sin saberlo yo siquiera- en mí en materias de cine y fotografía.

Mi padre nos llevaba al cine a los tres hermanos todos los sábados, a ver infinidad de cintas ochenteras. Yo me lo pasaba como los indios, y también me regocijaba al pensar que mi padre había disfrutado de títulos tan punteros como Los bicivoladores o todas y cada una de las entregas de Loca academia de policía, pues interrogado a la salida del cine, el pobre solía comentar que la cinta había sido 'entretenida'. Con la perspectiva del tiempo, llegué a descubrir que para él, 'entretenida' era un educado y respetuoso para con sus hijos eufemismo de 'menudo coñazo me habéis vuelto a hacer tragar'. Pero también soy positivamente consciente de que fue con él con quien vi 2001, y salí del cine mareado. Fue a él a la primera persona a la que escuché hablar de La naranja mecánica y su reacción al verla en el cine cuando la estrenaron -y joder, tomé nota mental de aquella peli, vaya si la tomé-.

Mi padre tenía un estudio casero de fotografía. A mí aquello me resultaba como de ciencia-ficción, una maquinaria así bastante extraña, todo muy oscuro y con pinta de caro y raro. A mí lo que me gustaba era su Polaroid, porque apretabas el botón y, como por arte de magia, salía el papel fotográfico. Lo abanicabas unos segundos y se iba formando la instantánea. Eso sí que era tecnología, y no aquel rollo de máquinas, líquidos extraños y misterio sobrenatural.

En las estanterías había varias colecciones de libros de fotografía, que alguna vez examiné con algo de curiosidad, que desapareció con rapidez cuando me sumergí en el mundo de -ahora lo reconozco- Man Ray.

Muchos años después (¡bueno, no tantos, coño!), me marché a Estados Unidos un año, y me llevé una pequeña cámara de fotos digital compacta. Allí, presa del aburrimiento, la desidia y los alucinantes rincones que encontré, comencé a cogerle el gustillo a eso del objetivo y descubrí que la fotografía iba mucho más allá mirar por la pantalla y apretar el botón. Me traje de allí una reflex digital y un montón de ganas de aprender.

Kubrick, por su parte, fue descubierto por un servidor en los años tempranos de la adolescencia, a raiz de La naranja mecánica, que llegó a mis manos en el último año de colegio (¿13 añitos?), unos meses después de aquel comentario escuchado a mi progenitor. Quedé alucinado con la cinta, y busqué y rebusqué por videoclubs el resto de la filmografía del director. Poco a poco, fui asimilando -si Kubrick puede llegar a asimilarse- su obra, leyendo cosas aquí y allá, aprendiendo curiosidades, fijándome en detalles que se me habían pasado en visionados anteriores. Empecé a descubrir la importancia que el director neoyorkino le daba a la música, y comprendí la importancia de la fotografía dentro del cine, campo en el que el director de Eyes Wide Shut destacaba de lejos.

Hace no demasiados años realicé un trabajo de lingüística aplicada a esa cinta de Kubrick. El resultado, todo hay que decirlo, fue cuanto menos notable (de hecho, darle salida en forma de publicación está en la lista de tareas pendientes). De ese trabajo recuerdo muchísimas cosas, pero sobre todo el análisis de una escena en la que los dos protagonistas, Tom -teodio- Cruise y Nicole -mepaséconelbótox- Kidman, discuten en su habitación. Creo que me conozco esa escena de memoria, y la he estudiado hasta el último detalle. No os la voy a explicar porque no tengo ganas, espacio ni tiempo. Pero os aseguro que es increíble.

La escena, que youtube califica con contenido para adultos, no sé si será accesible en el vídeo desde aquí. Si no, os tocará entrar e identificaros para poder verla si queréis. El link es éste.



Ah... para continuar los paralelismos. Los dos murieron el mismo año. Y los dos tenían barba :D

J.

jueves, 5 de marzo de 2009

Mickey Rourke contra las cuerdas

Muchas voces coreaban que El luchador era el retorno triunfal de Mickey Rourke a la gran pantalla -supongo que olvidando que en 2005 encarnó con bastante solvencia a Marv en Sin City-, en una obra que lo lleva a lo más alto, redimiendo sus pecados.

Sentía bastante curiosidad por saber qué hacía el amigo Rourke en la piel de un luchador en horas bajas de ese espectáculo de la cutrez con testosterona que es el pressing catch.

El caso es que la película se deja ver bastante bien. Tiene unos compases iniciales que resultan muy curiosos para todo aquel que, como mi generación, creció viendo los mamporros increíbles que se pegaban aquellos grandullones encima de un cuadrilátero. Se explica el mundo del espectáculo desde el otro lado, desde los camerinos, donde se acuerdan los golpes, trucos y resultados, y donde hay un fuerte sentimiento de camaradería entre los actores-luchadores muy diferente de lo que se apreciaba por televisión. No creo que nadie se creyese que aquellos soplamocos eran de verdad, pero no deja de ser curioso para un profano total en la materia que te metan entre bambalinas y veas cómo se cuece una noche en la ópera...

Rourke interpreta a una vieja gloria de la lucha libre. Vivió momentos de triunfo a finales de los ochenta, pero ahora malvive solo en una caravana, peleado con su único familiar, su hija adolescente, y enamorado de una stripper madre soltera. Se dedica a luchar en escenarios de segunda -y tercera- categoría, compaginando las tortas con trabajos en un hipermercado.

Un ataque al corazón da un giro a la historia y hace que The Ram, nombre artístico del luchador, se replantee su vida e intente darle un nuevo rumbo cuando se le aconseja encarecidamente que deje la lucha si no quiere, literalmente, dejarse la vida en el ring.

La historia, desde luego, tiene muy poco, por no decir absolutamente nada, de original (salvo el trasfondo peleón de la misma). Los personajes son clichés vistos una y otra vez, el gatillo que espolea la acción -el ataque al corazón que muerde la vida del protagonista y lo pone al borde del abismo- ha sido usado en infinidad de ocasiones para motivos similares (El hijo de la novia, por nombrar una), las situaciones han sido vistas una y otra vez... Sin embargo, se deja ver.

Pese a la falta de originalidad, El luchador tiene algunos aspectos que hacen que la película se salve de la quema. Por un lado, la interpretación de Mickey Rourke, desde luego, que saca agua de donde no la hay, esto es, de un rostro raruno, de un tipo con la cara más o menos envilecida por el bótox, que borda un papel de hombre con buenas intenciones pero mala memoria y poco acierto. En segundo lugar, no podemos olvidar que el director de la cinta es Darren Aronofsky, director de, entre otras, Requiem por un sueño y Pi, y se nota en la forma en que la película está construida, presentando algunas escenas verdaderamente para enmarcar, como la firma de autógrafos de viejas glorias de la lucha libre, en las que The Ram hace un barrido por aquellos con los que tocó el cielo, y ve el pozo en el que todos se encuentran, o la entrada triunfal del protagonista a la sección de charcutería del supermercado, como si se estuviese preparando para el combate de su vida. Tenemos también un final sello de la casa Aronofsky -cuidado que me cargo la película ahora-, donde la redención es parcial, por no decir inexistente, donde debería sonar "The Show Must Go On", donde el espectáculo se come a las personas. Y, finalmente, no podemos olvidarnos de una banda sonora genial, aderezada por temas de Guns N'Roses, Scorpions, Springteen...

Tal vez sea que tengo cierta predilección por las películas de (no)redención, pero pese al tono altamente previsible del conjunto, El luchador fluye y entretiene.

J.

lunes, 23 de febrero de 2009

Darth Vader y Walker Evans

¿Qué tienen en común el caballero de la armadura oscurita y voz romeril con el fotógrafo de la Gran Depresión norteamericana? Pues que puedes disfrutar de ambos en Madrid en un día, porque hay una exposición sobre el fotógrafo y otra sobre Star Wars separadas por un par de estaciones de metro. Hace un par de domingos tuve la oportunidad de visitar las dos.

La Fundación Mapfre expone estos días una amplia selección de las fotografías realizadas por Evans, siguiendo su trayectoria desde sus inicios hasta sus trabajos más reconocidos sobre rascacielos neoyorquinos y perfiles de la América rural, pasando por su etapa cubana, sus fotografías de los guetos negros, su experimentación con el color polaroid, etc.

La visita merece muchísimo la pena, pues nos ofrece una visión global de toda la carrera del fotógrafo y nos sumerge en su universo mundano, periodístico y realista, transportándonos a las miserias de las clases más bajas en los colapsados Estados Unidos de los años 30.

Por su parte, Star Wars the Exhibition nos ofrece hasta finales de marzo una amplia selección de material original empleado en el rodaje de la saga de George Lucas. Destacan los vestuarios de personajes míticos como el propio Vader, Boba Fett, soldados imperiales, droides, Chewbacca y similares, así como una reproducción a tamaño natural de una moto jet y un par de vainas de carreras.

La exposición, amena sin lugar a dudas, tiene un par de peros de importancia. El primero, para mí imperdonable, es que está excesivamente basada en la trilogía cinematográficamente más moderna -episodios I, II y III-, con lo que los episodios ochenteros originales -IV, V y VI- quedan claramente relegados a un segundo plano con una notable falta de material. Baste con señalar que uno de los elementos icónicos de la saga, como es el Halcón Milenario, brilla por su ausencia en las salas.

En algo menos de dos horas podemos recorrer las habitaciones plagadas de maquetas, monstruitos y alienígenas, hacernos la foto de rigor con el personaje preferido y fijarnos en lo cuidadísimo que está cualquier elemento en el que centremos nuestra atención: armaduras oxidadas y estropeadas, detalles minúsculos que, más que probablemente, pasan desapercibidos en la pantalla (¿cuántos os habiais fijado en que, a modo de trofeo, Boba Fett lleva colgadas varias trenzas jedi del hombro?).

Por otro lado, es incomprensible que una exposición de esta magnitud tenga una tienda tan sumamente pobre. Me ahorré los 40€ del catálogo de Walker Evans en previsión a lo que podría encontrar en la tienda Star Wars y menuda decepción. Peluches ortopédicos, disfraces casposos, minibustos horribles, legos y muñequitos de acción caspa, camisetas que no pasan de la talla L (¿todavía no nos enteramos de que el 75% de los frikis somos talla, mínimo, XL?)... Alguna que otra figura en resina de mejor calidad, y poco más. Decepcionante. Ni una mísera reproducción en condiciones de un sable laser, por ejemplo.

Los 10 euros que cuesta la entrada (5 en tarifa reducida para estudiantes y maleantes varios) se pagan tranquilamente, pero la sensación para el aficionado a las primeras películas es de cierta insatisfacción y, desde luego, no penséis traeros un pedazo de recuerdo para decorar vuestro salón o dormitorio.

Os debo alguna foto. Próximamente.

J.

domingo, 25 de enero de 2009

Metiéndonos en más fregados

Hace unas semanas os comenté la existencia de tres nuevos sitios que habían ido directos a mis links amigas. A día de hoy, me complace comunicaros que un servidor se ha ofrecido voluntario casi forzoso para colaborar con Courier Doce, donde me haré cargo de la sección No sólo cuentos chinos.

Tengo el honor de que Borja Cabada, administrador del blog, me haya alquilado un hueco junto a su firma, además de compartir letras con ni más ni menos que El filósofo fílmico, aka el que firma los anónimos, que pulula también por los Sueños en la casa de la bruja.

Además, me he sumado a un nuevo proyecto -y ya van 3...-, llamado Unos señores de bares. El objetivo de Unos señores de bares no es otro que el hacer crítica culinaria y gastronómica asequible, sin exquisiteces, sin tecnicismos ni pijadas, de aquellos lugares que frecuentamos, que no tienen estrellas michelín pero que nos permiten tomarnos unas cañas y unas tapas, o un buen montón de sushi, por un precio más o menos asequible para bolsillos jóvenes que no entienden de espumas de caviar ni esencias de espárragos. El equipo es bastante amplio y con paladar selecto, y podréis encontrarme como Un señor de Murcia.

Finalmente existe otro nuevo sitio que quiero presentaros. Se trata del esperadísimo aterrizaje en la blogosfera de Chem@ Post, comandado por el infame Chem@, aka el que firma los anónimos, que os golpeará en la nuca con el duro mazo de la realidad hecha literatura. Desde aquí todo el apoyo de los Mitos para su singladura en el universo blogger.

Ala, id agregando a favoritos...

J.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Tres sitios interesantes...

Un poquito de publicidad interesante y amiga...

Todos aquellos lectores más o menos curiosos que visitan este blog más allá de las entradas habrán podido comprobar que hay novedades en la sección de links amigas.

Hace unos días encontré el fabuloso blog de Jordi Doce, una verdadera delicia de este poeta y traductor de varios volúmenes, entre ellos uno de mis (pocos) libros de poesía favoritos, Cuervo de Ted Hughes. Ha sido una gratísima sorpresa encontrar que J12 tiene su propio rinconcito en el cosmos de internet.

Y recién añadidos, dos pequeños -por extensión, no por contenido- blogs más.

Por un lado, el recién nacido Courier Doce (esto va de doces hoy), blog de crítica cinematográfica del amigo Borja, que apunta alto. Suerte en tu batalla en la red ;).

Por otro, Neocronomicon, sesudo y bastante académico blog con entradas sobre Lovecraft, su vida y milagros. Como bien declara su creador, no es un blog muy activo debido a la elaboración de las entradas, pero como digo yo, bien que merecen la pena. Además, están empezando a animarse las secciones de comentarios :)

A disfrutarlos.

J.

viernes, 24 de octubre de 2008

Quemar después de leer

La última de los Coen, Quemar después de leer, es una de esas películas que, sin tener que ser una cinta trascendental, ni de tres horas de duración, ni sobre temas serios y deprimentes, te deja el sabor de boca de haber gastado algo menos de noventa minutitos en un buen trabajo.

Últimamente todas las comedias parecen, a simple vista, más o menos iguales, así que es un género que evito mucho en las salas. Pero los Coen son palabras mayores, y el reparto era un reclamo bestial –Clooney, que me encanta; Pitt, que me encanta en algunos papeles y en otros le metería fuego; Malkovich, que estaba perdido en combate y ha vuelto con fuerza (pronto llega la nueva de Eastwood y él se ha apuntado); Frances McDormand, que repite con los directores tras su poli embarazada y ausente de Fargo–.

¿Qué han hecho los Coen? Una comedia en la que todos, del primero al último, están pasados de rosca. Histriónicos, alcohólicos, paranóicos, psicóticos, simplemente idiotas, vulgares, espías aficionados, chantajistas de pacotilla, jefes que no se enteran de nada, cornudos e infieles. Eso es lo que puebla Quemar después de leer, que no deja de ser una especie de comedia de enredo, donde el eje central gira en torno a más o menos importantes y secretos documentos.

El poner en manos de alguien de la calle un tema que se le escapa por todas partes, y dejarlo actuar, es un recurso que se ha usado últimamente en algunas películas de corte bastante más dramático –No es país para viejos–, pero aquí los Coen apuestan por descolocar a su pandilla de idiotas, más en la línea de Lock and Stock.

Bien es cierto que es una comedia, pero cuando aparece la violencia (que la hay, no mucha pero la hay) se nota quién está detrás de la cámara. La muerte violenta de uno de los personajes irrumpe con fuerza en una cinta que, hasta entonces, parecía estar sólo destinada a ser una comedia resuelta con soltura. Es entonces cuando el que está sentado termina de despertar, y se da cuenta de que no es una comedia al uso, que los Coen están ahí y quieren que te acuerdes.

Nadie entiende nada dentro de la trama, desde el que pasaba por allí hasta el que está en todo lo alto, y todos se acuestan con todos, como dice uno de los personajes. Pero todos, en su mezquindad –de qué trata, si no, la cinta– buscan sacar tajada del que está al otro lado de la línea o de la cama, sin alcanzar a ver las consecuencias de lo que se traen entre manos.

Las interpretaciones, como digo, están todas pasadas de rosca, supongo que muy intencionadamente, para dar esa sensación general de ‘descontrol bajo control’, y en general bastante bien (partiendo de la base de que todos están desfasados). No sabría con cual de los personajes quedarme, pues todos atraen, del Pitt más idiota al Malkovich más acabado, pasando del Clooney más paranoico.

En general, para pasar un buen rato, desconectar de departamentos comerciales, pinturas marrones y armarios variados. Divertida, bien realizada y bien actuada.

Lo próximo, si sigo leyéndolo a buen ritmo –esto es, el que me deja el trabajo–, los comentarios sobre Man in the dark, pedazo de último libro de Auster.

J.

lunes, 6 de octubre de 2008

U2 3D

Es probable que recordéis, los que crecisteis en los ochenta, aquellas películas en 3D que, de vez en cuando, ponían en el cine o televisión, como aquella legendaria entrega de Pedasilla en Elm Street, donde Freddy casi te sacaba un ojo en la sala de cine con su garra, y nos íbamos a casa con unas pesadillas de escándalo, no muy seguros si por culpa de Freddy, del mareo de las 3D o por ver a tanta gente con aquellas gafas tan feísimas en rojo y azul.

Los tiempos han cambiado, y ahora todo se ha modernizado mucho desde los inocentes y ochentosos años ochenta. En vez de ir al añejo y encantador cine Santa Rosa, enorme, con butacas que olían a polvo, y con un acomodador viejuno que te daba tus gafas de cartón y celofán, ahora nos vamos a un multicines impersonal, nos dan unas gafas algo más fashion (horrendas de todos modos), y las tres dimensiones no marean, sino que alucinan.

En vez de Freddy matando quinceañeros hormonados, en U2 3D vemos a Bono, Edge, Larry y Adam en acción durante algo más de hora y media, sacada en su totalidad del concierto que dieron en Buenos Aires durante la gira de How To Dismantle an Atomic Bomb. Es una notable diferencia, la verdad.

Al grano: BESTIAL. La tecnología 3D que hay desarrollada hoy en día es simplemente un pasote. Partimos de la base de que estoy hablando de un concierto de música, esto es, un evento que no está grabado con la intención única de hacer una peli en 3D y aprovechar al máximo sus posibilidades. Pero aun así, lo que deja entrever es que, cuando hagan algo tipo Silent Hill en tres dimensiones, muchos nos lo vamos a pasar de muerte.

Hay determinados ángulos de cámara y juegos de profundidad en los que, durante el concierto, las 3D se salen –chiste barato–, como todas y cada una de las tomas de la batería, una cámara que saca primeros planos de Bono (¡quédate y hacemos merienda cena!) o algunos planos generales. La impresión, en ocasiones, es de verdaderamente encontrarte formando parte del público.

Además de lo espectacular de las tres dimensiones en sí, está también el añadido de que el formato digital ofrece una nitidez y una calidad de imagen bastante superior a lo que estamos acostumbrados a ver en las salas convencionales, algo así como la diferencia entre un dvd y un vhs en cuestión de imagen, para que nos entendamos.

Y con respecto al concierto en sí, bueno, tengo que decir que yo estuve en esa gira, en Madrid, y estar rodeado de 50.000 personas y ver las dos horas y media completas que se marcaron en el Vicente Calderón no es exactamente lo mismo que verlos en una pantalla de cine, con todo el mundo sentado, sin apretujones ni saltos ni gritos, por muchas tres dimensiones que valgan. Igual que con Shine a Light de los Rollings. En la hora y media de película-concierto se han seleccionado lo temas más famosos y con más gancho de la banda, y yo personalmente he echado de menos alguno que otro que tocaron durante la gira, como "City of Blinding Lights" o "Miracle Drug", pero por lo demás, U2 en estado puro.

Si ODIAS con toda tu alma a la banda, espérate a buscar otra cosa para experimentar las 3D, pero si te gustan mínimamente, la experiencia merece la pena, por las gafas, por la calidad de imagen, por el concierto, por ver la incipiente calvicie de Bono o por lo que sea, pero no te lo pierdas.

J.

P.D: Tenemos wifi en el piso de la independencia. Va lenta y cuando el vecino quiere, pero por lo menos estamos conectados a la gran red :)

domingo, 28 de septiembre de 2008

Locos, monstruos y legendas muertas

30 personas -bastante desequilibradas ya de por sí- encerradas en una residencia de ancianos camuflada de manicomio, en la que comienzan a suceder cosas extrañas: asesinatos, explosiones, árboles que atacan, zombis en el sótano...

Suena a película de serie B, pero en realidad se trata, en términos muy generales, de lo que un servidor vivió en sus propias carnes ayer: una alucinante partida de Cthulhu en vivo. 7 horas de carreras, sospechas, paranoia, escaleras arriba-escaleras abajo, todo curradísimo. Llevaba tiempo sin pasármelo tan bien, la verdad. Un 10 para la organización y para los propios jugadores. Hay bastantes vídeos y fotografías, así que cuando haya alguno por ahí, lo dejaré aquí colgado para que os hagáis una idea de qué se coció dentro del manicomio-residencia de Puente Genil.

Lo verdaderamente triste ha sido la vuelta a casa y enterarme de la más o menos previsible muerte de Paul Newman. Van quedando poquitos poquitos clásicos en pie. Una lástima. Aquí lo tenéis en una de esas pelis que, pese a Hanks, me encantan. Camino a la perdición (ojo, que el vídeo os destripa la película...):



J.

viernes, 22 de agosto de 2008

El 'mursiégalo' ataca de nuevo

Durante 150 minutos, nada menos. El caballero oscuro no es, en mi opinión, la mejor película de superhéroes que se ha hecho nunca. Creo que Batman Begins sigue quitándole el puesto.

Tenía muchísima expectación con la nueva entrega de Batman, con todo lo que había creado alrededor, y la verdad es que la película está muuuuy bien. Pero cuidado, no es lo que nos han vendido. Christopher Nolan lo hizo mejor en la anterior entrega.

Es cierto que Heath Ledger borda con mayúsculas al Joker, es cierto que la película da todo lo que se esperaba... y más. Y ahí radica el problema. Se estira demasiado y el resultado final en el espectador es una mezcla de hastío e insatisfacción. Hastío porque, pese al ritmo trepidante, a la película le sobra media horita por lo menos. Insatisfacción, porque ese tiempo que le sobra es el que le han dedicado a Harvey Dos Caras Dent, que deja el sabor de boca de que el villano se merecía película propia.

Es oscura, el Joker está como una regadera, hay clarísimas referencias a volúmenes clásicos como La broma asesina, tiene un repartazo, te deja pegado al asiento, pero acabas con el culo redondo.

Si, por otra parte, obviamos el hecho de que estamos hablando de un tipo que va vestido de murciélago, hay momentos en los que hay salidas de tono, tales como ciertas piruetas con la moto, la fantasmada tipo Matrix de la visión nocturna con el sónar ese raro y alguna que otra cosa que podrían haber obviado y no hubiese pasado nada. Esas pequeñas licencias que, en vez de conseguir meterte más en la película, te alejan de ella como una bofetada de 'irrealidad dentro de lo irreal'. Lo de siempre, la verosimilitud. Los burros no vuelan, pero si vuelan, las orejas tienen que ir hacia atrás.

De todas formas, El caballero oscuro es una gran película, eso innegable. Para mí Bale es el mejor Batman de los 4 hollywoodienses que ha habido (Clooney, Keaton, Kilmer y el propio Bale, si obviamos a Adam West), y Ledger tenía la responsabilidad de enfrentarse a la comparación con aquel legendario Jack Nicholson. Pero donde Nicholson era histriónico y simplemente chiflado, Ledger es histriónico y psicópata o demente. Normal que después de hacer de vaquero mariquita y de Joker acabase el hombre como acabó.

J.

martes, 24 de junio de 2008

All those moments will be lost in time...

...like tears in rain. Time to die.

Son las palabras finales de uno de los monólogos más alucinantes de la historia del cine, con el que Roy se despide en Blade Runner.



Para el penúltimo trabajo de máster, he retomado la película de Scott y la novela de K. Dick, que me he releído entre ayer y hoy. He visto la peli infinidad de veces, pero la novela una única vez hace muchos años. Recuerdo que no me gustó cuando la leí, que me pareció inconexa y muy por debajo de la adaptación cinematográfica (cosa bastante rara, por otra parte). Esta segunda lectura, con otra perspectiva y otros horizontes, ha sido mucho más fructífera, y la verdad es que la novela no es tan terrible. De hecho, supera a la película en varios aspectos, aunque la cinta sea globalmente mejor.

Hay un par de ejes centrales en el texto escrito que se pierden casi en la totalidad en el fílmico. Por un lado están los pseudo-animales, que son un elemento que juega un papel crucial en la novela, que relaciona el triángulo droide-humano-empatía, y que son el elemento disparador de que Deckard siga cazando, pues quiere un animal de verdad.

Después está la religión. No hay alusiones directas al Mercerismo en la película, mientras que en la novela es una constante vía de escape hacia otra realidad menos polvorienta que el planeta Tierra, aunque físicamente tan dolorosa (por eso de las pedradas...).

El tema de la empatía queda difuminado en la película, quizá demasiado focalizado en el monólogo de Ray. Los replicantes de Scott son mucho menos atractivos que los de Philip K. Dick desde una perspectiva 'emocional'. Hablan poco, interactúan con humanos menos aún.

Y por último, en la adaptación fílmica se pierde la figura clave de Phil Resch, con el que Deckard tiene algunos de los diálogos más memorables de la novela cuando cazan a Luba, la cantante de ópera.

Además, hay pequeños detalles que dan otro aire a la ambientación (ni mejor ni peor, diferente). Blade Runner presenta una ciudad (Los Ángeles) de neón, lluvia y alcantarillas humeantes. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? nos retrata un San Francisco gris y polvoriento, en ningún momento se habla de lluvia, sólo de polvo radiactivo.

Y Todo el mundo tiene consolas que regulan el estado de ánimo.

J.

martes, 17 de junio de 2008

Y otro mago se marchó

Eduardo Manostijeras fue creado por Vincent Price, o al menos eso nos contaba Tim Burton en su película, donde Price encarnaba al entrañable inventor. En 1993 Price murió, dejando al pobre Eduardo cinematográficamente huérfano. Detrás de la cámara, el verdadero responsable de que Johnny Depp no pudiese quitarse las lentillas fue Stan Winston, y Manostijeras ha perdido a su otro padre. Winston, que ha muerto de cáncer a los 62 años, fue uno de esos trabajadores a la sombra, como todo aquel que curra en efectos especiales, pero sin el cual no tendríamos cientos de imágenes y personajes inolvidables clavados en la retina. Aliens, Terminator, Jurassic Park, Titanic, Batman Vuelve, Inteligencia Artificial o el traje de Iron Man, La Cosa, Depredador, Entrevista con el Vampiro, Congo, Pequeños Guerreros, Big Fish... no hubiesen sido posibles sin el trabajo de este hombre.

Se marcha con cuatro premios Oscar y seis candidaturas más, además de como miembro fundador de las industrias creadoras de sueños Digital Domain, Stan Winston Studios y Stan Winston Digital. Seguro que allá donde vaya seguirá creando monstruitos, criaturitas inolvidables y pesadillas de todo tipo.

Os dejo un link aquí a la web de su estudio, donde podréis disfrutar de sus creaciones y fotos 'detrás de las cámaras'.

J.

domingo, 15 de junio de 2008

La Niebla, de Stephen King (La Tesis, de Abdul Alhazred)

Antes de nada, ya sé que tengo el blog un poco abandonado últimamente. Soy consciente de ello pero el final de curso está siendo de infarto, y ando bastante liadete de tiempo. Espero que en una semana o así la cosa se normalice un poco (al menos habré terminado con las clases del máster), y pueda retomar el ritmo normal de esto.

He de decir que no he visto la peli original de La Niebla, de John Carpenter. Lo siento, no puedo estar en todo, aunque lo intento :P El caso es que, según he leido y he concluido, esta Niebla que comento es un remake de la original. En principio andaba bastante reticente a ir a ver la película, porque no tengo excesiva confianza en películas que deben de acudir al nombre del escritor del relato que da inspiración a la cinta para vender más entradas. Pero leí algunas cosas interesantes y decidí jugármela y gastarme los 5 euritos de entrada. Bien hecho.

La Niebla comienza fuerte, aunque pierde algo de fuelle y remonta con un final A*C*O*J*O*N*A*N*T*E. Y lo mejor de todo es que rezuma Lovecraft y temas de mi tesis doctoral por todas partes. Os aviso que es muy probable que destripe la película a lo largo de la entrada... estáis advertidos.

A la mañana siguiente de una noche de fuerte tormenta, una niebla raruna llega a una pequeña población en Maine, un poquito más al norte de donde pasé mi aventura yanki, y lugar de residencia del propio Stephen King. Todo aquel que se adentra en la blancura desconocida, parece morir entre gritos de horror. Un grupo de gente queda encerrada en el interior de un supermercado, rodeados por la niebla de marras, y comienza el espectáculo.

El principio me hizo pensar que me lo iba a pasar, como poco, como los indios. Unos tentáculos aparecen desde la niebla, devorando a la carne de cañón de turno. Seguimos sin ver (y nos quedaremos con las ganas) qué hay al otro lado de esos tentáculos, pero obviamente un servidor, que no tiene ningún tipo de obsesión lovecraftiana, dedujo a posteriori que debía tratarse del mismísimo Cthulhu (aunque otras interpretaciones son válidas, la verdad, pero me hace ilusión pensarlo). Todo quedaba muy 'intuido', pero nada mostrado. En la niebla había algo desconocido que amenazaba y perturbaba a la comunidad (tema central de mi tesis), y comenzaban las reacciones, estrés, ansias, idas de olla generales y desfile de personajes típicos de serie B (esa predicadora, que aunque parezca desfasadísima es un personaje real como la vida misma :|).

Y finalmente mi tesis toma forma de película, como poco. Se descubre el pastel y parece ser que, por culpa de algún experimento militar, se abre un portal a otros mundos, desde los que han entrado la niebla y las criaturas que la pueblan. Algunas de esas criaturas, que comienzan a salir a mansalva, demasiado claramente para mi gusto, tienen una pinta de byankhees que te cagas. Otras, parecen insectos hipervitaminados y mineralizados. Ya están aquí, es el apocalipsis de Cthulhu, que viene a comernos a todos :D:D:D:D

Bueno, luego la película baja de nivel, y se convierte en una especie de Starship Troopers o Parque Jurásico con mal tiempo, hasta que desemboca en un final que te deja con la cara de otro y que no desvelaré.

La sensación general, buena. Stephen King ha bebido siempre de Lovecraft, no es ningún secreto, y aunque no he leído el relato que inspira la obra, me imagino que hay Mitos en él, o al menos el director ha acabado dándole el toque lovecraftiano que tiene. Demasiado evidente en algunos pasajes, que podrían haber sido mucho más sutiles (más en la línea de la aparición estelar de ¿Cthulhu?), no obstante yo me lo pasé bien, me gustó, y sentí que los temas de mi tesis doctoral pueden ser más universales de lo que me esperaba (y eso que ya pensaba que podían serlos).

Ya sabéis, cuidado con la niebla, que tiene tentáculos y muerde.

J.